domingo, 22 de abril de 2012

Los dos lados de la cristalera

Cómo comenzó todo... la verdad es que no lo sabría explicar. No sé en qué punto me embarqué en este viaje sin retorno que cambió mi vida para siempre...
Yo me había ido a vivir a Berlín como estudiante erasmus, como otros tantos, y justo cuando terminé la carrera me di cuenta de que la situación en España se había vuelto algo crítica, especialmente para la gente sin una experiencia laboral tratando de hacerse un hueco en algún trabajillo. Parados por aquí, parados por allí; tras el erasmus ya no me sentía demasiado de ningún sitio, así que decidí quedarme en Alemania y tratar de salir a flote en la "tierra prometida" del siglo XXI.

Y así terminé haciendo unas prácticas en un instituto de investigación der mercados, una farsa de hacer informes para marcas, para que estas sepan lo que sus clientes piensan de ellas y qué deberían mejorar en futuros productos.
Yo me encargaba de hacerle encuestas a los "fiables" consumidores habituales de dichas marcas que por lo general jamás habían consumido productos de las susodichas, pero que a falta de otros participantes para las encuestas, eran un mal menor. Sólo tenían que echarle imaginación al responder a mis preguntas y la verdad es que a cambio de una pequeña compensación económica la imaginación se amplía hasta límites insospechados, vaya si lo hace! Ellos se inventaban su opinión sobre la marca, yo hacía la vista gorda y me iba con mis respuestas registradas en una pila de folios debajo del brazo. Y si el contenido es verdad o mentira, a quién le importa.

Así me encontré un día en un estudio lujosísimo donde mi jefa realizaba encuestas a niños para saber qué opinaban sobre una revista infantil de animales muy conocida aquí en Alemania. Por primera vez los encuestados conocían el producto de verdad -lo cual era un avance y hacía que recuperase un poco la fe en la moderna ciencia del marketing- y estar allí sentado viendo cómo mi jefa trabajaba por primera vez  en 4 meses, era el mayor avance de todos.

Detrás de una cristalera impoluta, en un salón oscuro que recordaba a la sala de proyección de un cine, estábamos sentados los clientes -creadores de esa revista, ansiosos por conocer los resultados de la encuesta- y yo. Al otro lado de la cristalera mi jefa con las niñas encuestadas, haciendo todo tipo de preguntas estúpidas: "y qué animalito te gusta más??", "Pero por qué no te gusta el reportaje sobre el erizo Pampún y su patita rota?" y demás bizarridades. Ellas no nos podían ver, evidentemente, se perdería la magia del voyeurismo -para los clientes- y la espontaneidad de las niñas hablando de los delfincitos y ericitos y demás animalitos.
A mi lado, todos los clientes clavaban la mirada en mi jefa y las niñas, con su portátil de Mac delante, la mano derecha haciendo clic con el ratón, la izquiera estirada cogiendo chocolatinas y todo tipo de frutos secos de un tarro. Había un tarro por persona y éramos como 15.
A mí, como practicante, me daba corte picar todo el rato en lugar de trabajar. Aunque en realidad no tenía mucho que hacer. La verdad es que no tenía nada que hacer. Pero esa es la principal función de los practicantes: le llaman face time. Hacer que trabajas aunque no hagas nada. Y agota más que trabajar.

Como me daba vergüenza coger cacahuetes y Kitkats y Twist y Snackers y M&Ms y etcéteras, y como el rugir de mis tripas empezaba a oirse más que los ventiladores de los 15 Macs trabajando al unísono como la filarmónica de Berlín, decidí levantarme y dar un paseo para estirar las piernas, lavarme la cara en ese baño tan lujoso que hasta me daba miedo de que se me escapase un pedo por si algún detector activaría una alarma de eliminación inmediata de malos humos y otros gases contaminantes  y me dejaría en evidencia delante del equipo de clientes y demás "investigadores de mercado" que al ver al causante de la alarma -es decir, yo-, se reirían irónicamente y aliviarían la tensión diciendo: "falsa alarma, tan sólo otro practicante más que se ha tirado un pedo". Eso es lo peor que le puede pasar a un practicante, vaya si lo es.

De camino al baño vi a mi jefa salir con cara de angustia de la sala de entrevistas, desde la cual era observada por todos nosotros desde detrás de la cristalera. Su sonrisa y pose relajada de entrevistadora que sabe lo que hace -su muy ensayado papel ante el cliente- se habían desvanecido y ahora acudía a MÍ en busca de ayuda: me rugen las tripas de hambre, tengo gases y encima esta tía loca acude a mí con la cara desencajada. Mi primer pensamiento y lo que me sale así de primeras con los nervios es que mi jefa, adicta al chocolate, las galletas, los cigarrillos Gauloises y el cava, tiene mono por el estrés que le causan las encuestas delante del cliente -cómo no, si no ha dado un palo al agua en su vida!- así que le digo: "chocolate?" Ella me mira extrañada. "Galletas?", más extrañada aún. Ya está, ya lo tengo: "un cigarrillo?" Ella no tiene ni idea de qué está pasando. Yo tampoco, así que en mi intento desesperado por ser servil, digo: "te traigo cava?????"
Ella me ignora por enésima vez en el día, "sólo es un tonto practicante", pensará, y me dice en un ataque de pánico que se ha olvidado de fotocopiar dos formularios que las niñas encuestadas DEBEN CUBRIR SIN FALTA, así que tengo que hacer lo que sea para sacarlos de su portátil -de Mac- e imprimirlos y llevárselos, da igual cómo, si la solución es enchufarme el cable del ordenador en el pompis y sacar las copias impresas por la boca, pues tengo que hacerlo. "TÚ SÓLO HAZLO", me dice y se va.

Qué coño hago ahora? Pues me voy a la recepción y les pregunto si tienen impresora. Me dicen que sí. Les digo que les voy a traer un documento digital, si me lo pueden imprimir. "Sin problema". Qué fácil ha sido, "uff..." qué alivio.
Detrás de la recepción se abre una puerta. Veo un carrito con comida. Pasta con salmón y salsa gorgonzola. Y pan. Montañas de pan. Hambre mortal. Veo lo que empuja el carrito de comida. Dios! Quiero decir, no lo empuja Dios, pero como si lo fuese. La jefa o asistenta o encargada de catering o lo que sea, más guapa del mundo. Me quedo tonto frente a la recepción. Ella me mira, yo la miro. Creo que hay química.
En realidad no, me quedo pasmado como un bobo mirándola y ella repara tanto en mí como en la rueda del carrito o el boli de la recepcionista.

Pasan dos minutos y sigo allí. Mierda, las copias para mi jefa! Me voy corriendo a sacarlas del ordenador: no están. La payasa, con perdón, mi jefa no las tiene por ninguna parte. Mierda. Mierda, mierda, mierda. Hago llamadas a la oficina, intento que alguien me las mande. No coge nadie. Llamo a la central de Hamburgo. Me dicen que la tiene que tener ella en su backup. Enchufo el disco duro de copias de seguridad y... no están. Desde detrás de la cristalera no puedo hacerle ningún gesto porque no me ve y la palabra clave en la que debería llevarle las copias llega: "bueno, niñas, y por último me váis a cubrir unos formularios..." Cara de pánico detrás de la cristalera. Y delante de ella. Ella se queda en blanco; espera que le salve el culo, como siempre, y cree que le va a salir bien, como siempre. Pero esta vez no. Busca entre sus papeles para ganar tiempo y finalmente sale con un juego que hacer con las niñas y con el que finalizar la encuesta. Los clientes se echan miraditas entre ellos. Misión no cumplida.

Mi jefa sale de la encuesta y sonríe hipócrita a todos. Es la pausa de la comida! Camina hacia mí con su vestido verde ajustado y los zapatos nuevos que me ha hecho encargarle por Internet, sonriente. Pienso que no habrá sido para tanto y me alegro de la comida que me espera en la salita lujosa de sillones de cuero. Veo entrar a los clientes y por el hueco de la puerta el carrito... la chica me mira, me mira otra vez. Tengo que ir a esa sala, tengo que verla, tengo que saber quién es, qué hace aquí además de servir comida y....
"QUÉ COÑO TE CREES QUE ERES?" y así continuó la reprimenda, en ese tono, mi jefa la payasa, echándome la culpa de dejarla en evidencia cuando fue ella misma la que no trajo el valioso formulario consigo. Le explico que no puedo imprimir algo que no está guardado en ningún lado, que si me hubiera mandado una copia esa mañana... Pero le da igual. Me dice que la cagué -que soy giilipollas, casi- y que quiere que haga otro informe más grande, más gordo -esto es, me quiere castigar pero a diferencia del cole en la época de mis abuelos, no puede bajarme los pantalones y atizarme en el culo, aunque sé que le gustaría-. Vaya si le gustaría a esa bruja. Pues no hay pausa para comer para mí. Me muero de hambre. No puedo más. Ella se pierde detrás de la puerta donde todos comen y donde la chica del carrito los atiende. Mis sueños no alcanzables, tan sólo separados por una puerta de madera. Qué triste.

Me concentro en hacer lo que me dice: pasa una hora, dos horas...finalmente le ayudo a recoger... tres horas y me echa otro sermón...cuatro horas. Llevo 9 horas en este sitio, muerto de hambre; ya ni siquiera pienso en la chica del carrito. Sólo tengo miedo de que mis jugos gástricos empiecen a perforar mis paredes estomacales debido al hambre y que por eso me tengan que ingresar en urgencias. Y encima como practicante no tengo ni seguridad social. Pssse. No me querrían atender y pasaría a la historia como el practicante que se murió porque su estómago se devoró a sí mismo. "Típico de practicante" dirían los "científicos del márketing", por dar una aproximación empírica de los hechos propia.

Todos se van, sólo me quedo yo en el estudio de lujo recogiendo mis cosas y cargado con 4 cajas de formularios que tengo que llevarle a la chocolatoinómana esa a la oficina al día siguiente y que no sé cómo lograré transportar yo solito en el metro.
Cargado como un burro paso por delante de la puerta y me pregunto... quedará algún resto de comida? Es un poco miserable, pero me aliviaría descubrir que sí. Me cuelo en la sala llena de platos sucios y me preguntó si con las sobras de todos los platos se juntará una porción normal. Creo que no. No hay más chocolates, ni tarta, ni una miga de pan. Me acerco al microondas y lo abro desesperanzado, como el vagabundo que abre el agujerito de la cabina telefónica por si a alguien se le ha olvidado una moneda... y allí encuentro un plato de pasta gorgonzola con salmón y un par de buenos trozos de pan. Casi se me saltan las lágrimas.

Miro que no haya nadie alrededor y me siento a devorar el plato. Devorar, literalmente, como como un cerdo, no puedo más. Tengo tanta hambre que me duele el estómago. Nunca me había sentido así. Y esto está de muerte. Estoy en una sala lujosa rodeada de sofás de cuero y platos sucios, y al igual que la otra sala donde me pasé el día, hay una cristalera. Desde aquí no se ve nada, así que supongo que desde donde se puede observar es desde el otro lado. Me da apuro pensar que haya alguien detrás, pero no se oye nada y al fin sólo quedamos la recepcionista y yo en el edificio. Devoro. Devoro. Rebaño el plato. Me mancho la ropa pero me da igual, llevo allí mil horas y me voy a ir directo a casa. Nunca me ha sabido tan bien la comida y si pudiera hasta me daría un baño de salsa gorgonzola y pasta.
Me paro a pensar en la suerte que he tenido y decido marcharme cuando oigo un ruido al otro lado de la cristalera... Qué coño...???  Me quedo mirándola fijamente y oigo un portazo. Me levanto. Qué vergüenza, alguien me ha visto. Mierda, mierda. Mierda por qué?? Tengo que comer, soy un hombre! Salgo rápido para ver quién ha sido, quizá solamente la recepcionista que ha ido a coger algo a esa sala. Salgo y lo único que veo al fondo del pasillo... es la chica del carrito. La mujer del carrito, porque ahora que veo su cuerpo, tendrá como 30 y pico años, casi 40. Está demasiado lejos y va muy rápido. Y es más guapa que antes si cabe. Estoy petrificado. Me ha visto ella? Sin poder moverme, veo cómo coge un abrigo y sale por la puerta, pero antes se gira y me mira. Y me parece que sonríe. Me mira fijamente, esta vez sí que puedo decir que me mira a mí, que sabe a dónde mira. Y muy apurada abre la puerta y se va sonriendo.

Y yo me quedo ahí, con mis mil cajas de formularios y la barriga llena de salmón con salsa gorgonzola....



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